Hay momentos en los que el tiempo parece detenerse, no porque todo esté resuelto, sino porque algo profundo ha comenzado a germinar. Así fue el encuentro vivido entre los colaboradores de Transborder, GCA y un grupo de personas que, día tras día, enfrentan la pesada carga del estigma social. En ese espacio, las jerarquías se disolvieron para dar paso a relaciones horizontales, y el conocimiento dejó de ser discurso para convertirse en escucha atenta.
Lejos de grandes escenarios y solemnidades, fue un encuentro íntimo, sostenido por conversaciones honestas, juegos sencillos y un lienzo compartido donde los sueños cobraron forma. En ese contexto, cada participante dejó de ser únicamente un “colaborador” o una “persona de la comunidad” y se convirtió en reflejo del otro, abriendo la puerta a un liderazgo que nace de la empatía activa y se sostiene en la acción consciente. No fue simplemente un ejercicio de integración; fue la puesta en práctica, viva y real, de los aprendizajes de la Escuela de Líderes de Transborder: propósito, gestión emocional, sesgos cognitivos y criterio. Todos estos conceptos encontraron allí su sentido más pleno, al traducirse en compromiso humano.

En un mundo que va de prisa, detenernos a escuchar los sueños del otro es un acto profundamente radical. Pero también es un gesto de sabiduría práctica. Porque cuando nos damos la oportunidad de ver al otro con atención y sin filtros, descubrimos caminos posibles de colaboración que no solo transforman las realidades externas, sino también nuestras propias maneras de estar en el mundo.
Este encuentro fue mucho más que un evento: fue una lección viva de liderazgo con propósito. Y como todo aprendizaje auténtico, nos impulsa a actuar y nos invita a preguntarnos: ¿De qué forma puedo hoy ser parte del sueño de alguien más? ¿Qué talento, recurso o tiempo puedo ofrecer para contribuir a un mundo más humano, más justo y verdaderamente compartido?